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Fútbol, tango y la herencia familiar

Fundado en 1905 y hoy atendido por la familia de su histórico dueño.

A simple vista, parece una esquina más del sur porteño. Pero basta empujar la puerta de madera del Bar Quintino, en la intersección de Quintino Bocayuva y Carlos Calvo, para notar que ahí adentro el tiempo no corre al mismo ritmo que afuera.


El murmullo del tránsito se apaga detrás del vidrio, y una tibia penumbra de café antiguo lo envuelve todo. El suelo ajedrezado, las sillas de respaldo alto, la barra con marcas del uso, los banderines que cuelgan del techo y los retratos de Gardel, Pugliese y Troilo: cada objeto parece conservar un pedazo de historia.

El Quintino nació en 1905, cuando Boedo era casi campo abierto. En esa época, la ciudad terminaba unas cuadras más al norte, y por estos lugares pasaban carros, caballos y vecinos que traían las noticias en boca. Primero fue pulpería con palenque, después almacén con despacho de bebidas, más tarde bar con billares. Desde entonces, el barrio cambió una y mil veces, pero el Quintino sigue ahí, aferrado a su esquina como un testigo silencioso de la vida porteña.

Hoy lo atienden Beatriz y Facundo Caballero, viuda e hijo de Carlos Caballero, quien durante décadas impulsó la movida tanguera que convirtió al bar en un centro de reunión cultural. Desde su muerte, madre e hijo intentan mantener viva la tradición familiar entre platos de cocina casera, recuerdos de hinchadas y canciones que aún suenan en las noches de Boedo.

Boedo, territorio de cafés

Boedo es, desde siempre, un barrio de cafés. En sus cuatro cuadras centrales —entre Independencia y San Juan— se condensa una historia porteña que va de la bohemia literaria a la milonga, del fútbol de potrero a la tertulia política.
En la década del ’20, mientras en otros barrios florecían los cafés aristocráticos o modernistas, en Boedo se formaba un espíritu popular y combativo. En sus mesas se reunían escritores del Grupo de Boedo, militantes sindicales, músicos y vecinos.

Esa identidad cafetera todavía palpita. En la avenida homónima conviven bares notables, confiterías y franquicias, pero también sobreviven fantasmas: los del Biarritz, el Japonés, el Dante o los billares del Alenjo, donde se jugaba hasta el amanecer. Algunos resistieron al siglo XXI, otros se perdieron en la memoria de los parroquianos.

En ese mapa emocional, el Quintino está un poco al margen: “off Boedo”, como lo llaman los Caballero. No está sobre la avenida principal, pero representa su espíritu mejor que nadie: un refugio donde el tiempo se mide en cafés servidos y conversaciones compartidas.

La historia detrás del nombre

La calle Quintino Bocayuva suele despertar curiosidad. ¿Quién fue ese tal Bocayuva? ¿Un poeta del barrio? ¿Un bandoneonista olvidado? ¿Un jugador de San Lorenzo? Nada de eso. Quintino Ferreyra da Souza Bocayuva fue un estadista brasileño, defensor de la república en su país y embajador del Brasil en la Argentina. Un nombre extraño para una calle porteña, pero perfecto para un bar que también está un poco “afuera del guion”.

Esa rareza parece marcar el destino del café. Como Bocayuva, el bar también pertenece al “fuera de campo” de la ciudad: lejos del ruido turístico de San Telmo o Palermo, pero cargado de identidad, memoria y pertenencia.

La familia Caballero y el arte de resistir

Carlos Caballero fue mucho más que un dueño de bar. Era anfitrión, gestor cultural, tanguero, amigo de todos. Con su empuje, el Quintino se convirtió en un espacio de encuentro para músicos, vecinos, poetas y futboleros. Las noches de tango en vivo eran legendarias: guitarras, bandoneones y voces se mezclaban con el aroma del café y el eco de las copas.

Tras su muerte, Beatriz y Facundo tomaron la posta. Sin empleados y con la crisis económica apretando, enfrentan el desafío de sostener un bar centenario con sus propias manos.
Facundo, que se formó en el Instituto Argentino de Gastronomía, resume la situación con humor: “Somos un Bar Notable de la Ciudad, en la cocina deberíamos tener a un jugador de primera, pero no nos dio para más que uno del ascenso”.

Aun así, sus platos se ganaron aplausos de barrio: matambre a la pizza, agnolotis caseros de ricota, jamón, queso y nuez, y postres de los que ya no se consiguen. Cocina simple, hecha con cariño, que sigue convocando a los de siempre.

Fútbol y tango, el ADN del lugar

El interior del bar parece un pequeño museo de pasiones argentinas. De las paredes cuelgan bufandas y banderines de clubes de todo el mundo. Carlos comenzó colgando los de los “cinco grandes” para no ofender a nadie, pero pronto los parroquianos empezaron a traer los suyos: Platense, Ferro, Dálmine, Atlanta, y así hasta llenar el techo.

En los respaldos de las sillas, en lugar de nombres de poetas —como en otros cafés notables— están grabados los nombres de futbolistas. Una forma de decir que aquí la épica no se escribe con tinta, sino con gambetas.

La pasión por Independiente se nota en cada rincón: un termo rojo, un escudo sobre la barra y hasta una pequeña Virgen de Luján custodiando el altar del café. Afuera, el canillita de la esquina, hincha de Huracán, saluda cada mañana con un grito de barrio. Boedo y Avellaneda, lado a lado, sin rencores.

Entre tanto fútbol, el tango también tiene su altar. Retratos de Gardel, Pugliese, Troilo y Hugo del Carril comparten espacio con un bandoneón antiguo y una placa en honor a Roberto Grela, guitarrista habitué del lugar.
El Quintino respira tango, aunque por ahora las milongas estén en pausa.

Un museo vivo del barrio

El edificio mantiene aberturas, carpinterías y postigos originales. Todo parece haber sobrevivido sin retoques a más de un siglo de historia. En el mostrador aún se apilan vasos gruesos, los mismos que usaban los parroquianos de los años ’40. Las paredes guardan fotografías amarillentas, placas de homenajes y recortes de diarios que narran el paso del tiempo.

Cada objeto fue donado por un vecino, y eso explica el aura afectiva del lugar: el bar no es un negocio, es una extensión del barrio, un espacio de memoria colectiva. El Quintino, como tantos otros cafés porteños, cumple la función de archivo sentimental: allí se mezclan generaciones, historias mínimas, frases repetidas y silencios cómplices.

A media mañana, con las ventanas abiertas y el sol filtrándose por las cortinas, un grupo de amigos charla sin apuro. Hablan del último partido, de la suba del café, de los viejos tiempos. Esa escena cotidiana —un grupo de hombres riendo entre tazas vacías— podría pertenecer a cualquier época.

Un futuro que mira al pasado

El Bar Quintino abre todos los días excepto los lunes. De martes a domingo, desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, y los jueves, viernes y sábados se extiende hasta la noche para servir cenas. Los domingos, sólo almuerzos.

En una ciudad donde los bares cierran, se reciclan o desaparecen, el Quintino sigue siendo un símbolo: un cafetín que no se rinde, un espacio que resiste al olvido con la fuerza de la memoria y el trabajo familiar.

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