
Historia, bohemia y un sándwich que probó hasta Perón.
En la esquina de Avenida Boedo y San Ignacio, donde todavía el barrio guarda su espíritu de tango y resistencia, Café Margot celebra nada menos que 120 años de vida. Un siglo y dos décadas donde fue despensa, refugio de artistas, testigo de celebraciones futboleras, y templo gastronómico con una joya: el sándwich de pavita, cuya receta sigue siendo un secreto familiar y un emblema porteño. Dicen —con orgullo y sin alarde— que hasta Juan Domingo Perón se detuvo alguna vez a probarlo.
Este bar, declarado Notable en 1999, es mucho más que un café: es una cápsula del tiempo y del sabor, que aún resguarda su mostrador de mármol, sus vitrinas con botellas que parecen de museo y una atmósfera que transporta al siglo pasado sin esfuerzo. Las paredes respiran historias. Y los platos, también.
De despensa a símbolo barrial
La historia comienza en 1904, cuando el genovés Lorenzo Berisso culmina la construcción del local y lo inaugura como una despensa de barrio. Allí, en plena ebullición del Boedo obrero y cultural, comienza a gestarse la leyenda.
Fue recién en la década del ’40 que la familia Torres introdujo la gran estrella del menú: el sándwich de pavita, servido con lechuga, tomate y huevo. Simple, pero inconfundible. Aquel invento casero se volvió un éxito inmediato y hasta hoy mantiene su receta original intacta. Su fama traspasó fronteras: incluso el propio Perón habría pasado por el local para degustarlo.
Un bar, mil anécdotas
El Café Margot no sólo alimentó a políticos, también fue punto de encuentro para escritores, anarquistas, futbolistas y tangueros. Por sus mesas pasaron Julio De Caro, Homero Manzi, Ringo Bonavena, el Mono Gatica, y hasta escritores de renombre internacional como Mario Vargas Llosa, Juan Villoro y Julian Barnes. Su salón, bohemio y cálido, parece detener el reloj.
Uno de sus hitos más poéticos ocurrió gracias al ingeniero y poeta José Muchnik, oriundo de Boedo y radicado en Francia. Fue él quien impulsó la hermandad entre el Café Margot y la brasserie Le Petit Diable de Toulouse, consolidando un lazo cultural entre dos mundos unidos por el café, la palabra y la nostalgia.
Un bodegón con todas las letras
La carta del Café Margot es una celebración a la cocina porteña de toda la vida. Además del clásico sándwich de pavita, hay picadas generosas, tortillas tradicionales, guisos invernales y postres que evocan a la infancia.
Entre las favoritas está la Gran Margot, una picada que ofrece queso de campo, aceitunas, jamón crudo, palmitos, soppressata, tortilla, roquefort, leberwurst y pan casero. Ideal para compartir con una cerveza o un vino tinto.
Las tortillas también tienen su culto propio, en versiones tradicional, española o ibérica con jamón crudo. Y para picar, buñuelos de acelga, croquetas de papa o empanadas de asado completan una experiencia de bodegón auténtica.
Si el plan es almorzar o cenar, hay sándwiches, milanesas abundantes y platos clásicos como ojo de bife, carré de cerdo o pastas caseras (sorrentinos, ravioles de pavita, tallarines, capeletis). Para los días fríos, nada mejor que un guiso de lentejas (también en versión vegana) o un mondongo a la española.
Y para el final, el strudel de manzana con crema y canela —la estrella dulce del café— .
Café Margot hoy
Actualmente, el café forma parte del circuito de Bares Notables que gestiona el grupo que también administra otros íconos como El Federal, La Poesía, Café Celta y Bar de Cao. Sin embargo, Margot conserva su identidad barrial y su aire de resistencia poética. No se convirtió en un bar temático ni en un museo congelado: es un lugar vivo, donde la historia sigue latiendo entre platos calientes, tangos y voces que conversan como hace cien años.
Un brindis por estos 120 años… y por los que vendrán.
