sábado, enero 31

Llega el estreno de Final de un viejo asunto a Boedo

Los secretos y las rivalidades de un pueblo chico se mezclan con humor e intriga en Final de un viejo asunto, que ya forma parte de la cartelera independiente de Boedo.

El barrio de Boedo respira teatro, y cada estreno en sus salas independientes renueva ese pulso comunitario. Entre esas propuestas, Final de un viejo asunto acaba de presentarse en Espacio Gadí (Av. San Juan 3852) y seguirá en cartel todos los viernes de septiembre y octubre a las 21 horas. Escrita y protagonizada por Héctor Castagnino, dirigida por Santiago María Ojea e interpretada junto a Ariel Robertucci, Daiana Curcio y Ariel Buscacci, la obra nos lleva a Los Abrojos, un pueblo chico donde las rivalidades deportivas, las miradas ajenas y los secretos del pasado pesan más que la gloria en la cancha.

En diálogo con Héctor Castagnino, nos contó que la escritura llegó de manera inesperada, a partir de una charla con Buscacci: “Nos reuníamos y no encontrábamos qué hacer. Un día me dijo: ¿por qué no escribís algo vos? A mí me parecía una locura, pero después me puse a escribir y empezaron a surgir recuerdos de parientes, de amigos. Los Abrojos es un pueblo que no existe, o por lo menos que yo sepa no existe. El nombre se debe a que tengo el abrojito porque soy fana de Pugliese, de Morán, de Racing y soy peronista. Todo está medio metido ahí en la obra”.

El texto, explica, se alimenta de memorias de su infancia en clubes de barrio: “Yo tengo 80 años y en esa época tenía 8, cuando empecé a ir a un club llamado el Sporting. El Cacho era mi primo favorito porque era el que mejor jugaba a todo. Después apareció el otro club rival. No era un pueblito, era un suburbio de la provincia de Buenos Aires, pero hace 72 años era casi un pueblito. Tenía amigos de la Juventud, y la amistad se terminaba cuando jugaban. Ellos jugaban al básquet, Cacho también al fútbol en otros clubes, era un crack en las dos cosas. Y bueno, ahí empezó la historia”.

Aunque en escena todo es ficción, los personajes llevan nombres de gente que conoció y que lo marcaron en su vida. “Lo que pasa en la obra no ocurrió, pero está inspirado en recuerdos, sobre todo en la parte futbolística. Además me gusta que en los pueblos las hazañas se agranden con los años: el tipo que gambeteó a dos, después gambeteó a cuatro; el que pateó desde cuarenta metros, al tiempo lo hizo desde sesenta. Eso hace que el lugar sea ideal para situar la obra. También había códigos: si uno se metía con la novia de un amigo, aunque él ya no la quisiera, no se podía. Eso costaba bastante en las posibilidades románticas”, recuerda entre risas.

En Final de un viejo asunto Castagnino vuelve a ocupar la doble función de autor y actor, algo que ya transitó en obras anteriores. “A mí lo que me interesa en teatro es interpretar, ser actor. Lo otro viene como un camino que me ayuda a actuar. Una vez que la escribí, trato de entregarla y vivirla como si fuera nueva. Incluso a veces me sorprendo con cosas que escribí y digo: ¿de dónde sacó esto el estúpido del autor? Y después me acuerdo de que el estúpido era yo”, confiesa.

La elección de estrenar en Espacio Gadí también tiene su historia. “La obra empezó a gestarse en Boedo, yo soy de Constitución, así que no muy lejos. Nos gustó el teatro, nos pareció justo para una propuesta independiente y el dueño de la sala se puso la camiseta. Nos ayudó mucho y se armó una buena relación. Además me gusta que venga gente del barrio a ver”. Y agrega sobre la diferencia con el teatro comercial: “El público de los teatros comerciales también es valioso, pero el del barrio se conecta más, entra más en el juego. En el teatro del centro el departamento es un departamento y los efectos especiales son los efectos especiales. Para mí eso le quita espontaneidad y sabor al tema”.

El recorrido de Castagnino en el teatro independiente viene de décadas: “Mi primera obra la estrené en 1970. Hubo épocas en que estuve contratado por la municipalidad, cobrando un sueldo. Después trabajé muchos años en la Manzana de las Luces, donde lo único que tenía que hacer era poner la carita. Eso, no sé por qué, me aburre. A mí me gusta estar con la gente del grupo, ver qué hacemos, qué ropa nos ponemos, cómo conseguimos la escenografía. Cuando la obra es hecha por todos y el grupo es afín, es un placer ir a ensayar, actuar, compartir bromas y opiniones. Eso es lo lindo del teatro independiente”.

Al preguntarle qué espera que el público se lleve al salir de la sala, no duda: “Primero que se entretenga. Después, que se quede pensando. Que recuerde cosas de su propia vida, que se pregunte si lo que vio era verdad, si lo que creyó fue una traición. Que se vayan hablando un rato de la obra. En el estreno la gente reaccionó con risas y con emoción, y eso es lo que uno busca. La obra puede parecerte buena, pero hasta que el público no la ve no sabés si realmente funciona. Acá la gente dice: no me esperaba ese final, me gustó mucho. Eso es lo que uno pretende”.

Con funciones previstas todos los viernes a las 21 horas durante septiembre y octubre en Espacio Gadí, Final de un viejo asunto se suma a la cartelera de teatro independiente de Boedo con una propuesta que mezcla ternura, humor e intriga. Una historia nacida de recuerdos personales que se transforman en experiencia colectiva sobre el escenario, y que demuestra, como dice Castagnino, que lo mejor del teatro independiente es, siempre, la gente que lo hace posible.

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