
En 2025, el Shnit Worldwide Shortfilm Festival reforzó su identidad internacional con una fuerte impronta barrial. Con sedes en espacios culturales de Almagro, el encuentro apostó a ampliar el público del cortometraje y a convertir al cine breve en una experiencia comunitaria.
El cortometraje como puerta de entrada a nuevas miradas, nuevas voces y nuevas formas de habitar el cine. Con esa premisa, en 2025 el Shnit Worldwide Shortfilm Festival, el festival internacional de cortos, presentó su décima edición en la Ciudad de Buenos Aires y que, fiel a una búsqueda de mayor cercanía con el público, desplegó parte de su programación en espacios culturales de Almagro (participaron los espacios Yunta Bar, la Casona Cultural Humahuaca y El Archibrazo), generando un circuito barrial que combinó proyecciones, encuentros y formación.
Para conocer más sobre la identidad del festival y el trabajo detrás de su edición local, conversamos con Adriana Cordero, integrante del equipo organizador del Shnit Buenos Aires, quien compartió detalles sobre el origen del festival, sus criterios de selección y el desafío de sostener una propuesta cultural de carácter internacional desde una lógica comunitaria.
Tintas de Boedo: ¿Cómo es la historia del festival?
Adriana Cordero: El Shnit surge en Berna, Suiza, hace 23 años. Originalmente, se llama Shnit Worldwide Shortfilm Festival y después se fue expandiendo a distintos países. En 2025 fuimos cuatro sedes activas, aunque en otros momentos llegaron a ser siete en diferentes lugares del mundo. En cada sede se lo llama Playground, pero en Buenos Aires no usamos tanto el término en inglés y preferimos el nombre de la ciudad: Shnit Buenos Aires.
TdB: ¿Qué tiene de diferente con respecto a otros festivales?
AC: Lo que tiene de diferente respecto de otros festivales es que, si bien hay muchos que se dedican al cortometraje, la particularidad del Shnit es su carácter global. Eso le da llegada a muchísimos directores y directoras, y la cantidad de cortos que se reciben es enorme. Además, llegan obras de muchísimos lugares, con temas muy diversos, y eso hace que la programación termine siendo muy rica, con muchísimas visiones distintas sobre el mundo. Esa diversidad es, para mí, lo que lo vuelve más particular.
TdB: ¿Qué significa para ustedes llegar a la décima edición del Shnit en la Ciudad?
AC: Llegar a la décima edición es muy importante y muy lindo para nosotros. En Buenos Aires este es el tercer equipo de producción que lo lleva adelante. No es fácil sostener un festival, sobre todo con todos los cambios económicos y políticos, la pandemia y todo lo que pasó en estos años. Ha sido complicado mantenerlo. Cada equipo fue haciendo lo que pudo, sorteando obstáculos, y haber llegado a diez ediciones es reconfortante tanto para quienes estuvieron antes como para quienes estamos ahora. También, para las otras sedes, porque de alguna manera nos damos ánimo entre todos para que este espacio no se pierda en ninguna ciudad.
TdB: ¿Por qué les parece importante realizar un festival de este estilo?
AC: Esa respuesta es bastante personal de cada productor o productora, porque cada quien tiene libertad para definir la línea de su edición. En años anteriores se pensaba más en un nicho de cineastas y estudiantes de cine, muy enfocado en un sector socioeconómico y cultural específico. Yo tengo una visión distinta. Estoy tratando de sacar al Shnit de las sedes de siempre, moverlo a otros barrios, armar un circuito y generar un impacto no solo en una sala, sino en el barrio en general. Que no sea solo el público el que se vaya pensando sobre lo que vio, sino que el barrio se entere de que hay un festival de cine, se sienta incluido y se apropie de eso. Todavía no lo logré del todo, sobre todo por la falta de recursos del último tiempo, pero la idea es moverlo por barrios icónicos de la ciudad, como en esta edición que pasó, con sedes en Almagro y Boedo, y que la comunidad se vaya involucrando, se sienta parte y también reciba los beneficios de tener un festival en su territorio. Además, creo que ver muchas películas, como leer libros o ver teatro, amplía la mirada sobre el mundo. Tal vez uno no lo nota en el momento, pero a largo plazo sí genera un cambio.
TdB: ¿Cuál es el valor de un festival como el Schnit dentro de la escena audiovisual?
AC: El impacto tiene que ver con volver a poner al Shnit en el mapa. Con la pandemia se había perdido visibilidad y hubo que reconstruir redes, redes sociales y vínculos casi desde cero. Para mí, el Shnit es una ventana para el cortometraje argentino hacia el mundo, y también al revés. Los cortos tienen mucha dificultad para circular y comercializarse, y los festivales son uno de los pocos espacios donde pueden encontrarse con el público. Yo defiendo mucho el cortometraje. La única diferencia con un largometraje es la duración: hacer un corto también implica muchísimo trabajo y creatividad. Si el público lo empieza a pensar de la misma manera que un largo, va a descubrir obras de enorme calidad. Y en un contexto latinoamericano donde es tan difícil financiar largometrajes, el corto también se vuelve una forma de seguir contando historias.
TdB: ¿Qué criterios utilizan para seleccionar las propuestas que se presentan?
AC: Son varios criterios. A nivel internacional hay dos grandes vías. Por un lado, las funciones temáticas (amor, terror, comedia, erotismo, infantil y otras) se arman a partir de convocatorias abiertas a través de la plataforma FilmFreeway. Por otro lado, la competencia Worldwide reúne cortos curados por la dirección suiza del festival. Son obras que, en general, ya fueron premiadas en otros festivales y tienen una garantía de calidad muy alta. A nivel nacional tenemos tres categorías: competencia, muestra y una sección de cortos realizados por estudiantes de cine, que se llama La Promesa. La competencia reúne los mejores trabajos que llegan por convocatoria y también algunos que fui viendo durante el año en otros festivales. La muestra, que llamamos Dulce de Leche, incluye cortos muy buenos que no entran en competencia por una cuestión de cupo. La Promesa la creamos el año pasado y tiene un doble objetivo: incentivar a quienes están estudiando cine, para que vean sus trabajos en pantalla grande y se acerquen a los festivales, y al mismo tiempo permitir que otros realizadores conozcan qué están produciendo las nuevas generaciones, qué temas les preocupan y cómo miran el mundo.
Foto: Shnit Festival.
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Redactor de www.tintasdeboedo.com.ar
