viernes, mayo 22

El ritmo como refugio

En Boedo, Valeria Pacheco y Leandro Tacain sostienen un espacio donde el baile es encuentro, salud y comunidad. Con su academia Sale Bachata y Salsa, construye un proyecto que trasciende la técnica y se vuelve forma de vida.

Hay trayectorias que no se explican sólo por el tiempo, sino por la persistencia. Por elegir, una y otra vez, el mismo lugar. En el caso de Valeria Pacheco y Leandro Tacain, esa elección tiene nombre de barrio: Boedo. Desde allí, construyen un camino en la danza que combina formación, comunidad y una convicción clara: el baile puede transformar vidas.

Pacheco y Tacain están al frente de Sale Bachata y Salsa, su academia ubicada en la zona de Virrey Liniers y Constitución. Allí, cada fin de semana, el espacio se llena de música, de pasos que empiezan desde cero y de personas que llegan buscando algo más que aprender a bailar.

“Soy del barrio, vivo en Boedo desde los 8 años y hoy tengo 37, así que hace 29 años que estoy acá. Trabajo como profesora de ritmos hace 14 años. Empecé gimnasia artística a los 6 años, entrené en San Lorenzo y en Huracán durante un par de años, y después me volqué de lleno a la danza”, cuenta.

Ese recorrido, que comenzó en la gimnasia, encontró en los ritmos latinos un lenguaje propio. Con el tiempo, ese lenguaje se transformó también en proyecto laboral y en espacio colectivo. La academia, que funciona los viernes y sábados de 18 a 22, no es solo un lugar de clases: es un punto de encuentro.

“En la academia damos clases para distintos niveles. Hay personas que arrancan desde cero y otras que ya vienen con experiencia. La idea es que todos puedan encontrar su lugar, sin importar el punto de partida”, explica.

La historia personal también se cruza con la del proyecto. Hace poco más de un año, una lesión en la rodilla de Leandro, su marido y también compañero de baile, obligó a reorganizar la vida cotidiana. La decisión fue mudarse a Colón, Entre Ríos, para atravesar el proceso de recuperación. Sin embargo, el vínculo con Boedo no se interrumpió.

“Tomamos la decisión de irnos a vivir a Colón, pero desde diciembre de 2024 viajo todas las semanas desde allá hasta Boedo para dar clases, porque mis alumnos están acá”, relata.

Ese gesto, repetido semana a semana, habla tanto de compromiso como de pertenencia. También de una red que se fue tejiendo con el tiempo: alumnos que permanecen, vínculos que se consolidan, una comunidad que crece. “Esta propuesta surge también para incentivar a más gente del barrio. Hay mucha gente que quiere bailar, divertirse, despejarse o aprender algo nuevo”, agrega.

En su mirada, el baile no es solo una actividad recreativa. Es, sobre todo, una herramienta de transformación. Algo que impacta en múltiples dimensiones, desde lo físico hasta lo emocional.

“Un montón. Yo cuando empecé a bailar pesaba 104 kilos y bajé 40 kilos bailando, así que desde la salud es el primer impacto que se ve. Pero además mejora el ánimo, se convierte en una forma de vida”, dice.

La experiencia personal se convierte así en argumento y en impulso. Pero no es lo único. Pacheco también destaca el aspecto social que rodea a la danza. “Es una comunidad muy grande y muy sana, conocés a mucha gente. Es un ambiente familiar y hay muchas opciones para desarrollar esta actividad de lunes a lunes, sobre todo en Capital Federal”, explica y agrega: “Aporta en lo emocional, en la salud, en lo social. Te permite divertirte y despejarte. No es una actividad difícil ni aburrida. Es un ámbito hermoso”.

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